La OMM y el PNUMA confirman que 2025-2026 sigue rompiendo récords climáticos. Analizamos las cifras clave de temperatura, océanos, emisiones y lo que implican para la sostenibilidad empresarial.
Los números ya no admiten ambigüedad. El informe State of the Global Climate 2025 de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) lo certifica con precisión: el intervalo 2015-2025 reúne los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. No es una racha. Es una tendencia sostenida que tiene consecuencias directas sobre cómo operan —y cómo deben planificarse— las organizaciones en cualquier sector.
La temperatura media global de 2025 se situó aproximadamente 1,43 ºC por encima del promedio preindustrial de 1850-1900. 2024 sigue siendo el año más cálido registrado, con un calentamiento de aproximadamente 1,55 ºC, impulsado en parte por un potente episodio de El Niño. El hecho de que 2025 haya sido ligeramente inferior no señala ningún punto de inflexión: la pendiente ascendente no ha cambiado.
Los datos de 2026 refuerzan esa lectura. Julio de 2026 igualó a julio de 2024 como el segundo julio más cálido registrado a nivel mundial. En Europa occidental, el periodo junio-julio de 2026 fue el más cálido desde que se llevan registros. Y la temperatura superficial de los océanos fuera de las regiones polares estableció un máximo histórico para un mes de julio.
La OMM estima además una probabilidad del 91% de que al menos uno de los años del periodo 2026-2030 supere temporalmente el umbral de 1,5 ºC respecto a la era preindustrial. Conviene aclarar qué significa esto: que un año concreto cruce esa cifra no implica que el Acuerdo de París haya sido incumplido definitivamente —ese objetivo se refiere a un calentamiento medio sostenido durante décadas—, pero sí confirma que nos acercamos a ese límite con una velocidad que hace diez años habría sonado alarmista.
Más del 91% del exceso de calor acumulado por el sistema climático se almacena en los océanos. Y los océanos están marcando récords propios. En 2025, el contenido calorífico oceánico hasta 2.000 metros de profundidad alcanzó el nivel más alto desde que comenzaron las mediciones sistemáticas en 1960. Más revelador aún: la velocidad de calentamiento oceánico entre 2005 y 2025 ha sido más del doble que la registrada entre 1960 y 2005. La aceleración es real y medible.
El nivel medio del mar se situó en 2025 aproximadamente 11 centímetros por encima del registrado en 1993, cuando comenzaron las observaciones por satélite. Y la tasa de ascenso se ha acelerado con respecto a las primeras décadas de medición. Para sectores como el inmobiliario costero, la infraestructura portuaria o el turismo, esta cifra no es abstracta: es riesgo físico cuantificable.
Los océanos absorben también alrededor del 29% del CO₂ generado por actividades humanas. El precio de ese servicio es la acidificación: un proceso que degrada los ecosistemas marinos, afecta a la pesca y a la acuicultura y reduce la capacidad del océano de seguir actuando como amortiguador climático.
En cuanto a la criosfera, los glaciares de referencia perdieron masa durante 2024-2025 a un ritmo que se sitúa entre los cinco peores años registrados desde 1950. Ocho de los diez años con mayores pérdidas glaciares han ocurrido desde 2016. En el Ártico, la extensión media del hielo marino en 2025 fue la más baja o segunda más baja desde 1979. La pérdida de hielo no es solo un problema de biodiversidad polar: afecta directamente a la disponibilidad de agua dulce para millones de personas y a las cadenas de suministro agrícolas e industriales que dependen de ella.
El ciclo del agua, cada vez más extremo
Uno de los efectos menos visibles pero más costosos del calentamiento global es la alteración del ciclo hidrológico. Una atmósfera más caliente retiene más humedad, lo que genera dos consecuencias aparentemente contradictorias pero simultáneas: precipitaciones más intensas y concentradas en el tiempo, y una evaporación más rápida que prolonga e intensifica las sequías.
El último informe de la OMM sobre recursos hídricos globales reveló que solo alrededor de un tercio de las cuencas fluviales del planeta registró condiciones hídricas normales en 2024, prolongando por sexto año consecutivo una situación de fuerte desequilibrio. Las consecuencias para sectores como la agricultura, la generación hidroeléctrica, la industria manufacturera y las cadenas de suministro alimentarias son directas y ya se están materializando en forma de interrupciones operativas, encarecimiento de materias primas y presión regulatoria.
Pese al crecimiento sostenido de las energías renovables y los avances en descarbonización registrados en varios países, las emisiones globales de CO₂ procedentes de combustibles fósiles aumentaron un 1,1% en 2025, alcanzando un nuevo máximo histórico de 38.100 millones de toneladas. El Global Carbon Project confirma que la concentración atmosférica de CO₂ rondó las 425,7 partes por millón en 2025, lo que equivale a un 52% más que en la era preindustrial.
La lectura honesta de estos datos es esta: el despliegue de tecnologías limpias está ocurriendo, pero la demanda energética global crece a un ritmo que todavía lo supera. Para las empresas, esto se traduce en un entorno donde las exigencias regulatorias de reporte de emisiones —Scope 1, 2 y especialmente Scope 3— no van a relajarse. Todo lo contrario.
El Emissions Gap Report 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ofrece una proyección clara y preocupante: con las políticas climáticas actualmente vigentes, el planeta se encamina hacia aproximadamente 2,8 ºC de calentamiento durante este siglo. Si todos los países cumplieran íntegramente sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), la cifra se reduciría, pero seguiría superando con creces el objetivo de 1,5 ºC del Acuerdo de París.
La brecha entre los compromisos asumidos y las emisiones reales sigue siendo el problema central. No es una cuestión de tecnología —las soluciones existen— sino de velocidad de implementación y de voluntad política y empresarial para transformar los modelos productivos.
Detrás de cada décima de grado hay consecuencias operativas concretas. Según la OMM, más de 1.200 millones de trabajadores en todo el mundo están expuestos en algún momento del año a riesgos de salud derivados del estrés térmico, con especial incidencia en agricultura y construcción. Las olas de calor, sequías, inundaciones y ciclones de 2025 generaron miles de muertes, afectaron a decenas de millones de personas y provocaron pérdidas económicas que se cuentan en cientos de miles de millones de dólares.
Para las organizaciones, gestionar el riesgo climático ha dejado de ser una cuestión voluntaria de RSC. Las normativas de reporte de sostenibilidad —CSRD en Europa, TCFD como referencia global, ISSB con sus estándares IFRS S1 y S2— obligan a las empresas a identificar, medir y comunicar los riesgos climáticos físicos y de transición que afectan a su modelo de negocio. Las entidades financieras, los grandes clientes y los organismos reguladores lo exigen ya.
Las empresas que hayan desarrollado una estrategia climática robusta —con inventarios de carbono verificados, planes de descarbonización con metas basadas en ciencia (SBTi) y sistemas de gestión alineados con ISO 14001 o ISO 50001— estarán en una posición radicalmente diferente a las que sigan aplazando esa transformación. Los datos de 2025 y 2026 no dejan mucho tiempo para las esperas.
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